la red de la Federación Estatal de Compañías y Empresas de Danza

 

La danza es una depurada manifestación que por medio del movimiento puede o no, alterar nuestros sentidos a través de su evocación. Son pocos los creadores que cruzan la línea y consiguen, no sólo expresar con destreza técnica, sino estremecer sin contemplaciones mediante el desnudo de sy psykjé.

El bailarín y coreógrafo Eduardo Vallejo Pinto (Mieres, Asturias 1991) en un acto de entrega vital, concibe la danza como forma de entender y ejercer la vida. Vida, que empezó con formación en danza clásica y contemporánea en instituciones de Europa y Oriente Medio en las que continuó su formación profesional en varias compañías en calidad de intérprete y coreógrafo.

Este inusual y veloz recorrido, eclosionó en Madrid y hoy sigue teniendo vigencia con el apoyo de Centro Cultural Conde Duque, Centro Coreográfico Canal, Compañía Nacional de Danza, Centro Coreográfico Maria Pages, Ayuntamiento de Madrid, Comunidad de Madrid, INAEM, Teatros del Canal, Teatro del Bosque, Staatsballet Hannover y Staatstheater Festival Hannover y su proyecto Think Big o Gdański Festiwal Tańca.

La idea de seguir indagando en el movimiento como algo propio, fue materializada creando y produciendo sus propias obras como Tell the dust, Indulgence, No time to rage o The holy trinity, bajo una nueva realidad, la de su propia compañía: OGMIA. 

A partir de No time to Rage es cuando la obra de Eduardo Vallejo Pinto, cobra una fuerza formal y poética que se traduce en un estilo inconfundible.

Sin pretender ser otra cosa que una manifestación del realismo que interpreta a través de su propia decodificación del movimiento.

En cada una de sus obras, hay un pacto arcano en el que la necesidad se transforma en supervivencia y el movimiento pasa a supeditarse a las necesidades del alma.

El propio camino se convierte en un método de análisis de evaluación dejando de lado la razón. Eduardo Vallejo Pinto, decidió emprender éste trayecto y transgredir lo empírico. Era inevitable que el camino de su compañía OGMIA, le dirigiera hacia esa búsqueda del lugar salvaje ancestral y alquímico del ser y su raíz, en el que este concepto celta de sabiduría y conexión con la tierra, se manifiesta en el reencuentro con uno mismo.

Basada en observaciones antropológicas e investigaciones individuales, a través de la cuales Eduardo Vallejo Pinto pudo encontrar su piedra filosofal, una tesis de psicología del movimiento, en la que expone que los patrones del mismo, son una parte intrínseca, personal e intransferible.

Su proceso de creación coreográfico y dramatúrgico desemboca en distintas vertientes. Una más vinculada al concepto y otra parte que tiene como premisa su investigación movimiento dactilar, en la que el individuo es único; una aproximación más intuitiva que empatiza y analiza al bailarín desde un lugar más primario a través de sus propios movimientos, que son un reflejo de su propio constructo.

De este método de dirección surge una manera de trabajar que en un primer encuentro se enfrenta al pathos, desde la más profunda respiración y expresión facial, para en segunda instancia, liberar al bailarín de esta tensión, acercandolos en una suave inercia hacia la indagación más técnica y traslúcida.

Eduardo Vallejo Pinto rompe el academicismo dominante en la danza para retratar una sociedad divergente. Sus temas recurrentes son y seguirán siendo determinantes en su trayectoria, como por ejemplo la crítica política y social, roles de género, relaciones interpersonales y sus consecuencia o conceptos adheridos a periodos concretos de la historia.

Sus piezas están concebidas también desde un parte estética, partiendo de la psicología del color a través de las luces para provocar reacciones neurosensoriales que acentúan la carga dramática y junto con un uso de la paleta de colores desaturados que permanece en la escala de neutros le convierte visualmente en algo genuino, una seña más de identidad propia. Como un orfebre dancístico la puesta en escena es un arduo y minucioso trabajo de conceptualización y ejecución, resultado de una concepción omnisciente en cada pieza.

Intentando diseccionar la parte más personal del autor podemos entrever distintas influencias que van desde el manga de autores como Masamune Shirow, la novela gráfica como Frank Miller, el realismo más sucio de John Fante, pasando por la literatura distópica de Huxley y Orwell o la saga de videojuegos Final Fantasy.

El pensamiento de Eduardo Vallejo Pinto cabalga hacia un lugar del que hay que apropiarse antes de que nos absorba como la materia que capta la radiación sin ningún tipo de voluntad. Cada pieza parida catapulta al individuo a un estado de lucha interna inevitable, que lo empuja a la sublimación el dolor, atravesando sin tregua sus dilemas morales, redimiéndose en un nuevo individuo ilimitado e infinito como Motoko Kushanagui en Ghost in the Shell.

Todo este cosmos personal confluye en un trabajo coreográfico en el que late la expresión más contemporánea, cuestionando y dinamitando los valores universales, para poder desfragmentarse y por fin reencontrarnos con lo terrenal, lo primitivo y lo puro. Aquel lugar del que partimos, la tierra fértil de la que salimos, a la que volvemos una y otra vez.

Marta Abad Molina

@martoide

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